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Pablo Bustinduy: “Que las familias sean libres e iguales no debería depender de su patrimonio”

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Este viernes pasado, Pablo Bustinduy (Madrid, 40 años) presentó en una librería de Barcelona su último ensayo, ‘Política y ficción’ (Península), que escribió hace un año al alimón con el sociólogo Jorge Lago y donde reflexiona sobre “las ideologías en un mundo sin futuro”. El próximo jueves cumple 100 días como ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. De sólida formación académica (ha sido investigador y profesor en varias universidades europeas y norteamericanas), el filósofo político afronta el reto de pasar de las ideas a los hechos.

Esta entrevista tiene lugar el día en que Madrid se ve colapsada por la tractorada de los agricultores. Como ministro de Consumo, ¿es imposible evitar que un tomate que vale 10 céntimos en el campo le cueste un euro a los consumidores en el súper?

La ley de cadena alimentaria tenía por objeto regular esa cadena y evitarlo. Cuando analizamos los márgenes del sector, vemos que las mayores beneficiadas son las grandes empresas, que controlan cada vez más los mercados alimentarios. Sucede lo mismo con la política agraria común. En Europa, el 80% de las ayudas se las queda un 20% de grandes productores. Tenemos que transformar nuestra manera de producir y consumir alimentos, pero esa transición debe ser justa y social, yendo a circuitos cortos y a modelos sostenibles. Este sistema está perjudicando a quien más protege, cuida y conoce la tierra.

¿Cómo lleva el hombre de ideas esto de andar en cosas tan concretas como las que se tratan en este ministerio?

Quienes me conocen saben que suelo repetir una frase de John Dewey, uno de los fundadores del pragmatismo norteamericano, una escuela filosófica con la que estoy bastante obsesionado: las ideas se miden en sus efectos. Tengo el reto de hacer que aquello en lo que creo y los valores que defiendo agarren en la realidad y afecten a la vida cotidiana de la gente para mejorarla. Es la ambición con la que estoy en política.

Lleva casi 100 días de ministro. ¿Qué es lo que más le ha sorprendido?

Lo cansado y complejo que resulta mantener la dinámica de diálogo, cooperación y acuerdo que exige la acción política. Venimos de sistemas bipartidistas y mayorías absolutas, pero ahora los equilibrios políticos son muy precarios y hay que acordar, encontrar el término medio y articular consensos entre diferentes. Es más difícil, pero lo veo como una oportunidad que puede mejorar la salud democrática del país. Sobre todo en temas como los de este ministerio, que afectan a casi toda la sociedad. La gente espera que nos entendamos. A veces me dicen que soy optimista, pero creo que podemos conseguirlo.

¿Qué ley le gustaría que pasara a la historia con su apellido?

De mis dos antecesores, Ione Belarra en Derechos Sociales y Alberto Garzón en Consumo, he heredado iniciativas que aspiro a continuar. En breve llevaremos al Consejo de Ministros la Ley de Familias y la de Servicios de Atención a la Clientela. Esas leyes van a ser dos hitos en la protección social y de las personas consumidoras en España. Pero no me importa decirlo: no son leyes mías, la mayor parte del trabajo me lo he encontrado hecho. Para mí será un honor y un orgullo aterrizarlas en la realidad.

La gente espera que nos entendamos. A veces me dicen que soy optimista, pero creo que podemos conseguirlo

¿La futura Ley de Familias será muy distinta de la que estaba tramitando Belarra?

Partimos del mismo texto, pero vamos a abrir un proceso de diálogo, escucha y negociación con todas las fuerzas políticas para introducir mejoras y que el resultado final tenga el mayor consenso posible.

¿Qué mejoras le gustaría incorporar?

La Ley de Familias tiene tres ejes principales: reconocer la diversidad de familias que hay en España y aportarles protección jurídica, equiparar los derechos de las parejas de hecho con la de los matrimonios, algo que afecta a casi dos millones de parejas, y reforzar la protección de las familias monoparentales, que en su gran mayoría son familias monomarentales. Pero también incluye otras medidas para la protección económica de la crianza, con una ayuda de cero a tres años que queremos ampliar hasta los seis años. España debería tener una prestación universal por crianza hasta los 18 años, y por una cuantía mayor que la que existe. En ese sentido, somos una anomalía en Europa. Esto no está en el acuerdo de gobierno, desgraciadamente. Voy a trabajar para intentar conseguirlo lo antes posible, pero un paso intermedio sería intentar universalizar esa protección y extenderla hasta los seis años.

Háblele a una pareja que se acaba de casarse y espera un bebé. ¿En qué otros aspectos les beneficia esta ley?

Aparte de la protección a la crianza que he mencionado, queremos extender los permisos de maternidad y paternidad hasta las 20 semanas. En la pasada legislatura se crearon unos nuevos permisos de ocho semanas para cada progenitor hasta que cada hijo cumpla ocho años de edad, pero no son remunerados. Tenemos el compromiso de remunerar, al menos, cuatro de esas ocho semanas. Ahora hay que construir el consenso para acordarlo, pero espero que lo consigamos, porque son avances concretos que se traducirían en una mejor calidad de vida para las familias en este país.

A veces, esas ayudas sociales son criticadas tildándolas de paguitas. ¿Qué tiene que responder?

España, debido a la dictadura, fue siempre con retraso respecto a Europa en la construcción del Estado del bienestar. Tenemos un Estado de bienestar parcial, fragmentario, infrafinanciado e incompleto. Con esta extensión de derechos sociales estamos acortando parte de esa distancia e incorporando cosas que en otros lugares son de sentido común. Además, son medidas que tienen una traducción inmediata en la vida de las familias. España tiene unos índices de natalidad bajísimos y unos índices de pobreza infantil inaceptables. Esto tiene que ver con la ausencia de un sistema de protección social que haga que las familias sean libres de verdad. Pero que sean libres e iguales no debería depender del patrimonio o de la herencia, sobre todo a la hora de tomar decisiones vitales como formar una familia, tener hijos o criarlos en condiciones de dignidad y bienestar básicos. Quien quiera llamar a esto paguita, tiene una venda ideológica tan poderosa que es incapaz de ver que una sociedad de bienestar garantiza igualdad de derechos y oportunidades a todo el mundo independientemente de donde venga. Con la Ley de Familias, mi intención es tender la mano a las formaciones de derecha democrática para que se sumen a los consensos. Estos derechos son fundamentales y no pueden depender de quién está en el Gobierno.

España debería tener una prestación universal por crianza hasta los 18 años, y por una cuantía mayor que la que existe. En ese sentido, somos una anomalía en Europa

¿Habla a menudo con Ione Belarra, su antecesora en el cargo?

Tuve un traspaso de cartera modélico y le estoy muy agradecido por su generosidad. En este mismo lugar tuvimos una reunión muy productiva, hablamos de todo y solo tengo agradecimiento hacia ella.

¿Cómo lleva el cisma que se ha producido en ese espacio político?

Si la gente progresista de este país salió a votar en masa el 23 de julio, fue para evitar que hubiera un gobierno de coalición entre la derecha y la ultraderecha y para que avancemos en la agenda social. Estoy centrado en eso porque creo que es lo importante. También creo que debemos cambiar de marcha. Todos asumen que uno de los problemas de la izquierda es que hablamos permanentemente de nuestras divisiones y conflictos, y siempre decimos que debemos superar esa fase. Pues yo intentaré hacerlo en la práctica. Si no puedo ser parte de la solución, al menos intentaré no ser parte del problema. Debemos trabajar con normalidad y conseguir mejoras prácticas, concretas y tangibles en la vida cotidiana de la gente. En última instancia, eso es lo que valorarán quienes nos han votado. Lo demás hay que desdramatizarlo. Es la situación que tenemos y hay que trabajar con ella de la manera más constructiva posible.

¿Qué ha ocurrido para que el electorado progresista gallego que apoyó a Sumar en julio no lo haya hecho en las elecciones autonómicas?

Sería arrogante por mi parte creer que tengo las claves. Lo primero que hay que hacer es aceptarlo y, a continuación, estudiar las razones. Es evidente que ha habido un voto dual, pero esto no solo ocurre en Galicia. En otros lugares también se vota diferente en las elecciones municipales, autonómicas y generales. Eso tiene sus propias lógicas y dinámicas. Tendremos que entenderlas y aprender de ellas.

Pablo Bustinduy , Ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. / David Castro

La noche electoral, el cantautor Ismael Serrano publicó un tuit que decía con ironía: “Yo creo que harían falta un par de partidos de izquierdas más”. ¿Qué opina?

En la izquierda tenemos una tendencia autodestructiva que nos lleva a ubicar siempre en primer plano eso que llaman el narcisismo de las diferencias. Y eso suele ir de la mano del mantra de la unidad. ¡Si estuviéramos todos unidos sería todo fenomenal!, se dice a veces. Pues depende de cómo y para hacer qué. Lo que hace falta es tener un proyecto ideológico claro, contar con implantación real en el territorio y disponer de estructuras que funcionen bien. Estas son las tareas que debemos asumir las formaciones de izquierdas de cara al futuro.

El PP ha ganado las últimas tres citas electorales. Algo estará haciendo bien.

Estamos inmersos en un ciclo reaccionario a nivel global. Desde la pandemia, vivimos un momento de gran incertidumbre, sometidos a crisis geopolíticas militares y marcados por la crisis ambiental y por un gran sentimiento de frustración. Es evidente que las derechas, y en particular la extrema derecha, están sabiendo canalizar y explotar esa sensación de vértigo y miedo. No van a aportar soluciones a esos problemas. De hecho, sus fórmulas solo consisten en negarlos o agravarlos, fomentando el negacionismo climático, el militarismo, la xenofobia, el racismo, el autoritarismo, la violencia… Pero no vale con lamentarse porque tengan buenos resultados electorales. Debemos articular alternativas que respondan a esas inquietudes y ofrezcan certezas a los electorados, y que se traduzcan en mejoras tangibles, materiales, concretas de la vida cotidiana. No debemos resignarnos a vivir en un mundo caótico, incierto y violento, podemos organizarnos para que nuestras democracias funcionen y respondan a los desafíos de nuestro tiempo. Es la tarea que tenemos por delante. Las izquierdas solo ganaremos las elecciones cuando seamos capaces de convencer a la gente de que nuestras alternativas son reales, creíbles y eficaces.

¿Y eso cómo se hace?

Si en julio se dio aquel resultado electoral, fue porque, a pesar de todas las dificultades, los errores y los problemas de la legislatura pasada, aquí hubo un Gobierno que hizo una reforma laboral para acabar con la precariedad, que subió el salario mínimo un 50%, que creó el ingreso mínimo vital, etcétera. Las fórmulas normativas sirven de poco por sí solas, hay que apoyarlas en la realidad. Por eso, de cara a esta nueva legislatura, tenemos un acuerdo de Gobierno que desarrolla la política social en una dirección bien clara. De hecho, ya se ha vuelto a aumentar el SMI. Pero queremos más. Queremos reducir la jornada laboral para que también se democratice el tiempo, no solo la renta y la riqueza. Queremos aumentar los permisos de maternidad y paternidad. Queremos aumentar de manera histórica la financiación a la dependencia para asentar ese pilar del Estado del bienestar. Queremos modernizar y reforzar los servicios sociales. Estas son cosas reales, concretas, que se traducen en mejoras para la vida cotidiana de la gente. Ahí es donde aterrizan los ideales, en un programa concreto que sea capaz de generar efectos positivos en la vida de las mayorías trabajadoras.

Las izquierdas solo ganaremos las elecciones cuando seamos capaces de convencer a la gente de que nuestras alternativas son reales, creíbles y eficaces

Sin embargo, el PP ha ganado las tres últimas elecciones.

Nunca hay una traslación directa de una acción de gobierno en un resultado electoral. La política no funciona así. De hecho, en las encuestas, cuando se le preguntaba a la ciudadanía por las medidas que había adoptado el Gobierno, el apoyo es altísimo, superior al 70%. Pero cuando se preguntaba por la valoración del Gobierno que había tomado esas medidas, el apoyo era mucho peor. ¿Por qué? Porque la política implica mucho más que aquello que se hace. El hacer y el decir son virtudes políticas diferentes.

En su libro analiza el relato que las distintas corrientes políticas hacen de la realidad. ¿Por qué la derecha es más eficaz vendiendo el suyo?

Aquí hay un elemento de fondo: desde la crisis de 2008, el discurso tradicional del Estado social se ha enfrentado a gravísimas tensiones ambientales y geopolíticas. Vivimos rodeados de guerras, genocidios y conflictos de todo tipo. Las condiciones materiales han cambiado y en ese panorama la izquierda está siendo incapaz de imaginar el futuro y proponer horizontes de bienestar creíbles. La derecha, sobre todo la extrema derecha, ha respondido articulando la política del agravio, del daño, de la búsqueda del culpable y del penúltimo contra el último. Esas pasiones políticas han sido muy eficaces para movilizar en el corto plazo, pero solo agravan los problemas a los que pretenden dar solución. El auge de la extrema derecha es un síntoma de esa crisis. La izquierda solo podrá superarla si es capaz de resolver sus causas. Esa es la paradoja en la que estamos.

En su ensayo también reflexiona sobre cómo la ficción influye a la hora de consolidar las ideologías. Me dirijo al filósofo político: ¿por qué la justicia social no resulta sexy y le lujo sí? ¿Faltan películas estilo ‘Novecento’ en Netflix?

En realidad, somos hijos e hijas del neoliberalismo, que estableció la primacía de lo individual, la idea del merecimiento personal, que tu destino depende solo de ti y el mercado se encarga de colocar a cada uno en su lugar. Pero esa cultura política iba más allá y añadía una promesa de estabilidad. Nos dijeron que la sociedad de mercado, con la democracia liberal, había acabado con la historia y había conseguido despolitizar la realidad. El culto a la individualidad y al consumo era la única forma de desarrollo personal. Sin embargo, eso quebró en la crisis de 2008 y ahora solo quedan los restos, ese narcisismo consumista, que hoy, en un mundo en llamas, resulta aún más obsceno: si no hay futuro, solo cuenta mi interés y mi bienestar individual. Eso solo se puede combatir reconstruyendo el contrato social y haciendo que la idea de comunidad se imponga a esas derivas nihilistas. Hay que convencer a la gente de que el bienestar tiene que estar asociado a una dimensión colectiva.

No sabemos si esta legislatura durará meses o años. ¿Qué le haría marcharse frustrado de este ministerio?

No conseguir mejorar la cotidianidad de la gente ni ayudar a democratizar la vida económica y social de este país.

¿Se irá a un ‘lobby’ cuando deje este cargo?

Ahora mismo, todo lo que esté más allá de la agenda del Gobierno me excede.



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